La China que vio mi corazón

China es un gigante en todo el sentido de la palabra. Gigante en su extensión, en sus ciudades, en su economía,  pero sobre todo gigante en cultura, tradiciones y  experiencias por ofrecer.  Atravesamos el mundo entero y para ser sincera, mi mente seguía en blanco. No quería esperar nada del lugar que sería mi casa por 21 días, decidí dejar que ese país me sorprendiera y lo hizo de qué manera!

Pronto conocí la Universidad de Nankai, recuerdo perfectamente cuanto amaba la vista desde mi habitación, el esfuerzo de la profesora por enseñarnos su idioma, ir en bicicleta a todas partes y claro, sus mercados tradicionales llenos de contrastes.

Tianjin no dejó de encantarme ni un instante, es una ciudad que reúne los vestigios de la China antigua con sus calles vestidas de rojo, que se ilumina cada noche en la calle de las 5 avenidas que recuerdan con precisión la arquitectura europea y que por supuesto crece en altura con impresionantes rascacielos modernos.

La China que vio mi corazón, es una distinta al país extraño, lejano y de personas con ojos rasgados, que creen algunos, la China que hoy es parte de mi vida es mucho más que eso. No podré olvidar el olor de sus calles, el sabor de su comida, el sonido de su música y claro, de su idioma. Me sorprendí a mí misma totalmente acostumbrada a mi vida al otro lado del mundo en tan solo unos días. Sin embargo, lo que más me sorprendió fue la amabilidad de su gente, su calidez con los extranjeros y su interés por conocer sobre nuestra cultura.

Beijing fue mi ciudad favorita, no puedo estar más feliz de haber visto con mis propios ojos las maravillas de ese lugar. El templo del cielo, el templo de Lama, el palacio de verano, la plaza de Tian’anmen, sus calles pequeñas, sus avenidas, no puedo listar una sola cosa que no me haya sorprendido. De hecho, tuve que sentarme en uno de los escalones de la Gran Muralla China para darme cuenta de dónde estaba en ese momento, tocar con mis manos una de las maravillas del mundo me hizo recordar por qué vale la pena viajar y estuve segura de que cada segundo de esa experiencia había valido la pena.

Este viaje me mostró que nada tiene sentido si no se comparte con alguien más. En China, mi alguien más fueron 20 personas maravillosas que me enseñaron tantas cosas de mí misma como las que yo aprendí de ellos. No podría haber pedido mejores compañeros para hacer de esta experiencia una inolvidable, ahora puedo decir que no podría haber pedido mejores amigos!

Solo puedo agradecer al Instituto Confucio, que con su campamento de verano me abrió las puertas a un país que dejé con lágrimas en los ojos pero al que prometí regresar pronto, me mostró una cultura fascinante y un idioma que me encanta, que estoy segura abrirá aún más puertas en el futuro.

Dejé China con muchas promesas hechas a mí misma y con la enseñanza más grande de mi viaje que puedo resumir en la frase de Henry Miller:

“Nuestro destino no es un lugar, sino una nueva forma de ver las cosas”.

Estefanía Barrera Parra

      

La mejor experiencia de mi vida

Agradezco, de todo corazón, al Instituto Confucio de la Universidad de los Andes por brindarme la oportunidad de asistir al campamento de verano de lengua mandarín, en la Universidad de Nankai, Tianjin, China.

Este país me regaló una experiencia inolvidable, viajar al otro lado del mundo a conocer una cultura diferente a la occidental me permitió cuestionar de dónde venía, cuál era mi propósito y para qué aprendía, según dicen, el idioma más complejo del mundo. Al estudiar tanto antropología como economía, encontré en el gigante asiático una sociedad que se preocupa por mejorar constantemente, tanto en materia económica como en desarrollo de capital humano. Aparte de tener cerca de 56 minorías étnicas, contar con solo un partido político, y poseer el mercado de internet más grande del mundo, el desarrollo económico de los últimos 40 años ha permitido que, actualmente, China sea la segunda economía más grande del planeta. En las tres semanas que estudié mandarín en la Universidad de Nankai aprendí más de lo necesario para comunicarme, así fuera con un vocabulario bastante restringido, con los varios cientos de chinos que conocí durante este periodo.

No voy a negar, eso sí, la complejidad de las interacciones sociales con estas personas. Uno llega al país creyendo que sabe suficiente mandarín como para no tener problemas de comunicación, no obstante es solo cuestión de tiempo para darse cuenta que superar la barrera el lenguaje es muchísimo más complicado de lo que se creería. Sin embargo, una vez terminé el campamento emprendí un corto viaje dentro del país. Tuve le oportunidad de ir a Shanghái, ciudad mucho más grande, linda e interesante que Nueva York. De los recuerdos que me quedan del viaje, uno que nunca olvidaré es estar en el piso 100 del Shanghái World Finantial Center viendo la bahía del río Pudong. Luego me dirigí a Shenzhen, primera ciudad donde se aplicaron las reformas económicas de Den Xiaoping, que tuvo un crecimiento abismal de renta per cápita en tan solo 30 años: Shenzhen pasó de producir 660 yuanes por persona en 1979, a alcanzar 92475 yuanes por habitante en 2009. Sin lugar a dudas, el desarrollo económico chino me dejó realmente impactado. Además, visité las dos regiones administrativas especiales que tiene China: Macao, Las Vegas de Asia, y Hong Kong, la ciudad más global de Asia. Aunque en ambas ciudades predomina el chino cantonés, logré comunicarme con los locales a partir del mandarín básico que manejaba. Pude ser capaz de tomar buses, metros y hasta un taxi, basado en mis conocimientos de las clases de chino en el Instituto Confucio, lo aprendido durante mi experiencia en Nankai y un libro de frases útiles de Lonely Planet. Como anécdota especial me queda un diálogo que entablé con una estudiante de finanzas en la Universidad de Tianjin, durante una breve conversación ella me dijo “quiero que tengamos democracia”. Me sorprendió esa frase, recordemos que desde la Revolución de Mao Zedong el país adoptó un sistema político en el que los ciudadanos no ejercen el derecho al voto. Sin embargo, le contesté a mi amiga, que la democracia no era tan bonita como parecía en los medios internacionales ya que, al igual que todos los sistemas políticos, tiene ciertas falencias pero no por ello deja de ser el mejor de los sistemas. Recordé que cuando estuve en Shanghái visité el Centro de Exposiciones de Urbanismo de Shanghái, y hasta el día de hoy viene a mi mente una sección dentro del museo en la que se les explicaba a los visitantes que esta ciudad tiene un plan de desarrollo a 40 años[1] . Aprovechando que hay continuidad política dentro del sector público, el gobierno chino es capaz de cumplir las metas de desarrollo estipuladas a largo plazo: estas pueden ir desde aumentar las líneas de metro, construir hospitales y mejorar tanto la calidad del sistema educativo, como la movilidad vial en la ciudad. Ahora bien, si nos remontamos al caso latinoamericano, es evidente que cada 4 años el cambio de representantes políticos evita que, en la gran mayoría de casos, exista continuidad en obras públicas; pues se tienen políticas del gobierno de turno que no siempre son “políticas de estado”. Por esta razón, el debate con mi amiga China terminó en un análisis bastante enriquecedor acerca de la diferencia de culturas, sistemas políticos y economía entre su país y el nuestro.

Reitero que estoy muy agradecido por la oportunidad de haber asistido al campamento de verano, aprendí muchísimo, crecí como persona, y ya retomé mis estudios en mandarín para poder visitar China en el futuro y, con un mejor manejo del idioma, poder aventurarme dentro de las provincias menos famosas del país, visitar varias comunidades étnicas y poder enriquecer mi forma de ver el mundo a partir de las distintas conversaciones que pueda tener con sus habitantes.

Miguel Felipe Acosta Sarmiento

 

Un breve recuento de mi experiencia en China

Solo bastaron tres semanas en China para regresar de la enorme nación como un ser transformado. Fuera en Beijing, Shanghái, Tianjin o Qinhuangdao, todo parte de mí expresaba la gracia de estar conociendo una parte del mundo que honra su historia milenaria, es la segunda potencia más prominente sobre esta tierra, y recibe –generalmente- con brazos abiertos a sus visitantes.  

Dirían algunos que al viajar descubrimos nuestras raíces, no podría ahora, estar más de acuerdo. El haber recorrido caminos de tierra, roca y pavimento al otro lado del planeta, me permitió ver en la alteridad mi propio reflejo, aunque estas miradas son en realidad una mezcla de varios hechos. Observé lo que podría ser en nuestro país Colombia, lo que hemos sido en comunidad global, y lo que somos cada uno como ciudadanos del mundo (Y claro, también observé 美丽的女人). Cada una de estas miradas fue profunda, exótica y desdibujan mis palabras… algo aún frustrante meses después de mi retorno, pero que sirve como testimonio del vigor Chino ahora fluyendo por mis venas.

Asimilar este campamento de verano ha sido razón de nostalgia e inspiración, pues además de haber sentido cantidades inmensurables de diversión y cansancio, tuve la fortuna de hacerlo en compañía de amigos. Es por ello que extiendo mi gratitud a la Universidad de Nankai y al Instituto Confucio de la Universidad de los Andes, a mis profesores de acá y de allá, y a China que se abrió a nosotros para explorarla en completa plenitud.

Quien esté dispuesto a vivir la alegría de verse en otros, welcome to 中国。

Samuel Caicedo Serna


[1]Referencias obtenidas de la visita al Museo de Shenzhen, durante la tarde del 20 de junio de 2016.